Un estudio señala que los antidepresivos durante la gestación casi duplican el riesgo de tener un hijo con autismo. Los propios autores señalan la necesidad de realizar más investigaciones. Se sabe que la depresión sin tratar también puede ser factor de riesgo del trastorno del espectro autista.
Aproximadamente entre el 3% y el 10% de las europeas embarazadas toma algún antidepresivo. Según una nueva investigación, tomar este tipo de fármacos durante el segundo y el tercer trimestre de gestación, especialmente los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (SSRI, por sus siglas en inglés), como el Prozac, aumentan el riesgo de tener un hijo con trastorno del espectro autista (TEA) en 1.87 veces, casi el doble.
Así lo concluye un grupo de expertos de la Universidad de Montreal (Quebec, Canadá) en un artículo que publicó esta semana la revista ‘JAMA Pediatrics. Tal y como señalan los autores en su trabajo, se sabe que la exposición a estos medicamentos está asociada a mayores probabilidades de aborto, malformaciones congénitas, hipertensión gestacional, prematuridad y bajo peso al nacer. Sin embargo, respecto al riesgo de autismo, pocos son los estudios que se han adentrado en esta relación. «Algunos determinan un incremento de las posibilidades de tener un hijo con trastorno del espectro autista» y otros, sin embargo, sugieren que «no hay asociación estadística significativa». Además, la mayoría de estas investigaciones «tienen importantes limitaciones, como el hecho de no tener en cuenta la predisposición genética».
Dado que las previsiones apuntan a que la depresión será la segunda causa de incapacidad en el mundo y, por lo tanto, «los antidepresivos van a continuar utilizándose, incluso en el embarazo, es una prioridad de salud pública tener más información sobre los efectos a largo plazo en el desarrollo neurológico de los niños cuando se utilizan durante la gestación», argumenta uno de los responsables de esta investigación, Anik Bérard, de la facultad de Farmacia de la Universidad de Montreal.
Con este objetivo, Bérard y su equipo decidieron analizar los casos de todos los embarazos y bebés nacidos en Quebec entre enero de 1998 y 2009, desde el momento de la concepción hasta los diez años. De las 145.456 nuevas vidas, 1.054 tenían un diagnóstico de TEA, lo que supone un 0,72%. Se trata de una prevalencia moderada, más baja incluso que las recientes estimaciones, que la sitúan en torno al 1%.
De los 145.456 nacimientos, 4.724 estuvieron expuestos a antidepresivos en el útero; el resto (140.732), no. De los expuestos, 2.532 (53,6%) lo estuvieron durante el segundo y el tercer trismestre. Cruzando datos, los investigadores de Montreal observaron que el uso de esta medicación en los seis últimos meses de la gestación se asociaba con un riesgo 1.87 veces mayor de tener hijos con trastorno del espectro autista. Por el contrario, no se encontró relación con estos fármacos en los tres primeros meses de embarazo ni durante el año previo. «Nuestro estudio incluía información sobre el uso de anticonceptivos, el diagnóstico del niño de autismo y gran cantidad de detalles que permiten desentrañar el impacto específico de este tipo de fármacos. Por ejemplo, tuvimos en cuenta a la hora de analizar los datos los antecedentes familiares (algunas personas están genéticamente predispuestas) o la edad de la madre», reza el artículo.
Los resultados también indican «un mayor riesgo de TEA con los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina, tales como el Prozac, y con el uso de más de una clase de antidepresivos», argumenta Bérard.
Los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina tienen más efecto «probablemente porque estos fármacos pueden cruzar la barrera placentaria», esgrime al comentar este trabajo Carmen Moreno, psiquiatra perteneciente al programa AMI-TEA, en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Puede causar un «estado que está descrito como aumento de serotonina, un neurotransmisor que puede modular el desarrollo neuronal». De alguna forma, agrega, la asociación entre SSRI y TEA «tiene sentido biológico», ya que el proceso de incremento de serotonina está relacionado con ciertas alteraciones a nivel del desarrollo neuronal.


