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Un amor sampedrino prohibido, socialmente condenado y cargado de culpas

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En una encantadora historia que combina lazos espirituales y el poder del amor humano, Agustina y Guillermo, dos almas destinadas, encontraron su camino hacia una vida compartida en medio de un viaje de fe y búsqueda personal.

Agustina, la menor de cinco hermanos, criada en Pergamino y educada en la tradición católica, anhelaba regresar a su ciudad natal después de años de vivir en la bulliciosa Buenos Aires. Su deseo era claro: encontrar el amor, contraer matrimonio y formar una familia. Mientras tanto, Guillermo, nacido en un pueblo cercano a San Pedro, siguió un camino diferente. Después de una prometedora carrera en Ingeniería en Recursos Hídricos, se sintió llamado por una vocación espiritual más profunda y entró al seminario.

El destino intervino cuando Agustina y Guillermo se cruzaron en un retiro espiritual organizado en Pergamino. Guillermo, quien había dedicado años de servicio en una parroquia del barrio, se convirtió en el guía espiritual de Agustina. A medida que su relación crecía, ambos se encontraron compartiendo no solo sus sueños, sino también sus desafíos y esperanzas más profundas.

Sin embargo, su camino hacia la felicidad no estuvo exento de obstáculos. Agustina se quedó embarazada antes de que pudieran establecerse juntos, enfrentando críticas y juicios sociales. A pesar de las dificultades, encontraron fortaleza el uno en el otro y decidieron construir su vida juntos en San Pedro. Con el apoyo mutuo y la bendición de la Iglesia, se casaron y dieron la bienvenida a sus hijos en una familia donde la fe seguía siendo el pilar fundamental.

Para Guillermo, renunciar al sacerdocio fue un acto de amor y discernimiento. Reconociendo que su corazón ya no estaba en el ministerio, encontró una nueva plenitud en su vida compartida con Agustina y sus hijos. Aunque enfrentaron pérdidas dolorosas en el camino, su fe los mantuvo unidos, guiados por el amor y el propósito compartido.

En retrospectiva, Agustina considera que el año más difícil de su vida fue también uno de los más gratificantes, marcado por el crecimiento personal y la fortaleza interior. Para Guillermo, cerrar un capítulo como sacerdote no significó el final de su relación con la fe, sino más bien el comienzo de una nueva forma de vivirla.

En última instancia, su historia no solo es un testimonio de amor humano, sino también de la creencia en un poder superior que guía y une los corazones. Como afirman quienes creen en Dios, en esta historia el amor es la verdadera fuerza que prevalece, recordándonos que el camino hacia la felicidad está tejido con hilos de fe y devoción.

Fuente: La Nación