Pocos días antes de que se aprobara la denominada «Ley Justina», una familia nicoleña debió enfrentar una dura decisión, en un momento muy triste. Fue cuando los padres del joven Emiliano Mendoza decidieron donar los órganos y tejidos de su hijo, diagnosticado con muerte cerebral tras accidentarse en la vía pública. Esa decisión permitió que cuatro personas puedan seguir adelante con una mejor calidad de vida.
El 4 de julio pasado se aprobaba la «Ley Justina», a partir de la cual todos los mayores de edad en la Argentina son donantes de órganos a menos que se hayan opuesto en vida. La norma -entre otras cosas- elimina la necesidad de que los familiares den su consentimiento para la ablación de los órganos. Veinte días antes de que los 202 Diputados de la Nación aprobaran -sin abstenciones- la norma que tomó forma y fuerza tras la muerte de una niña a la que nunca le llegó el corazón que necesitaba para seguir viviendo, en San Nicolás se producía un hecho que marcará la vida de cuatro familias. Un episodio trágico, y a la vez de mucho amor.
A las 7:15 de la mañana del 9 de junio, Emiliano Nahuel Mendoza perdía el control de su moto cuando circulaba por inmediaciones del viaducto de calle Nación. Su cabeza dio en el asfalto, provocándole una lesión crítica. Tenía 18 años, y le dio pelea a la muerte durante algunos días. Su familia, de fuertes creencias religiosas, se aferró a eso que nunca se debe perder. Hasta que la luz de esperanza se extinguió, siete días después.
“Fue una decisión muy difícil” cuenta Viviana Pavez, una mamá a la que le cambió la vida para siempre cuando escuchó de boca de los médicos del hospital San Felipe que su hijo, Emiliano, tenía muerte cerebral. Al mismo tiempo, también le cambiaba la vida a las tres personas que recibieron los órganos de un Emiliano que, según se enorgullece Viviana, “estaría completamente de acuerdo con la decisión que tomamos”.
“Una vez que los profesionales del INCUCAI confirmaron el diagnóstico, nos presentan la posibilidad de que Emiliano, un chico muy sano, pudiera ser donante. Fue una situación muy fuerte, porque no todos coincidíamos en la familia. Algunos de mis hijos aprobaban donar los órganos y otros se oponían. Fue una decisión muy dura”, asegura Viviana, quien trajo al mundo a siete hijos.
“Decidimos donar los órganos de Emiliano luego de que el Pastor nos hiciera ver que la nuestra es una familia muy grande, y que algún día mis hijos o mis nietos podrían necesitar que alguien les donara un órgano. Esa posibilidad nos hizo tomar conciencia de que Emiliano, que siempre fue un chico muy solidario, podía ayudar a otros”, contó Viviana.
De acuerdo a lo informado por el INCUCAI, el riñón derecho extirpado a Emiliano sirvió para que una niña de 14 años dejara atrás sus días de diálisis. También para que una mujer de 43 años recibiera el riñón izquierdo y el páncreas, lo cual le permitió solucionar la insuficiencia renal que la obligaba a realizarse diálisis durante cuatro horas, tres veces a la semana. Además, la decisión de los padres de Emiliano ha permitido que un hombre de 43 años pueda hoy contar con un hígado que le asegura una mejor calidad de vida.
Solidario, en vida
Empatizar es mucho más que ponerse en los zapatos de alguien. Más bien es intentar incorporar al otro dentro de uno mismo, sin perder la identidad. Tal vez esa empatía que los padres sentían por Emiliano fue la que terminó de inclinar la decisión. “Hoy creemos que Emiliano estaría contento con la decisión que tomamos. Él era un chico muy solidario, muy servicial. Siempre tendía una mano al que lo necesitaba”, describe Viviana antes de contar una anécdota que le agita el corazón. “Hace unos siete meses, Emiliano se encontró con un chico herido en la calle. Tenía una herida de bala en la espalda. Igualmente, asumió el riesgo que representaba ayudar a una persona que había recibido un disparo, lo cargó en la moto y lo llevó al hospital. Eso lo hace alguien que tiene mucha humanidad”, se enorgullece la madre.
Viviana cuenta que “la ausencia de Emiliano duele cada día un poco más”. Que cualquier circunstancia del día le trae un vivo recuerdo de su hijo. “Nos levantamos llorando y nos acostamos llorando.”, revela. “Pero nos damos fuerza y ánimo porque tenemos seis hijos y ocho nietos que nos necesitan, y a los que amamos profundamente”. Uno de esos nietos es hijo de Emiliano. Tiene 15 meses de vida, y el enorme cariño que le transmite la numerosa familia. “Lo vamos a criar con mucho amor”, asegura Viviana.
Emiliano Mendoza trabajaba junto a su padre, de lunes a viernes. “Era la mano derecha de mi marido. Su único vicio era el fútbol”, afirma Viviana. El tema de la donación de órganos alguna vez fue parte de la mesa familiar en la casa de los Mendoza. “Hace años mi marido tuvo un accidente que le provocó la pérdida de un ojo. Emiliano siempre decía que si pudiera le donaría un ojo a su padre”.
Vivir en otra persona
Los órganos extirpados al cuerpo de Emiliano Mendoza sirvieron para mejorar -hasta el momento- tres vidas. Lo de “hasta el momento” obedece a que el INCUCAI tiene congelados otros órganos y tejidos de Emiliano, que pueden ser trasplantados a personas que se figuran en lista de espera.
“Me gustaría encontrarme con las personas que recibieron los órganos de mi hijo”, afirma Viviana, asumiendo esa imposibilidad debido a que la Ley resguarda la identidad de quien recibe cuál órgano. “Sé que la donación de Emiliano sirvió para que pueda vivir una chiquita de 14 años. También ayudó a otros dos personas que ahora van a poder vivir mejor. Eso nos da mucha paz”, dice.
“Decenas de jóvenes pasaron por el hospital para preguntar por Emiliano y, después, acudieron al velorio. El espíritu solidario que tenía mi hijo hoy nos hace ver que su legado es haber sido un gran amigo, una muy buena persona”.
Un equipo clave
La Dirección de Aeronáutica de la provincia de Buenos Aires opera una pequeña flota de aviones que -entre otras- tienen la misión de llevar a cabo vuelos sanitarios y traslados de órganos, así como también brindar ayuda en episodios de catástrofes ambientales. Esta tarea silenciosa permite salvar vidas, todos los días del año. Varias veces al año, una avioneta sanitaria aterriza en el Aeroclub San Nicolás para iniciar el traslado de los órganos desde el Hospital San Felipe a los centros de salud especializados en trasplantes. En otros casos se traslada al paciente que va a recibir la donación.
“Desde el CUCAIBA nos informan que ha aparecido un posible donante, se pone en marcha el operativo con un equipo médico que llega al aeropuerto para que lo traslademos hasta el lugar en el que se encuentra el posible donante. En el camino, otro equipo médico le realiza los estudios pertinentes al posible donante y receptor, y las autoridades médicas hablan con los familiares. Si todo está en condiciones, se vuelve a trasladar a un equipo de cirujanos para que realice la intervención de trasplante”, explicó Sebastián Tidoni, uno de los 22 pilotos que prestan servicio en la Dirección de Aeronáutica.
El Dr. Orlando Maffesoli es pediatra además de especialista en neonatología, y está a cargo del equipo de traslado sanitario de niños. “Nosotros movemos a pacientes en estado crítico. La aeronave que nos transporta cuenta con equipamiento de terapia intensiva para dar respuesta ante cualquier situación que pueda presentarse en vuelo”, explicó.
Hace 24 años que el Dr. Maffesoli realiza vuelos pediátricos y neonatales. Ha estado en varias oportunidades en San Nicolás, aunque una de ellas es la que más recuerda ya que fue uno de los médicos que intentó reanimar a Cristian Quiróz, el niño de 5 años que falleció luego de permanecer durante 32 horas en el fondo de un pozo de 18 metros.
Fuente: Diario El Norte


