La Ruta 1001, conocida como una serpiente de asfalto serpenteante entre las quintas, ha dejado de ser simplemente un camino. Ahora se ha convertido en una trampa mortal, un escenario donde la desidia y la negligencia ejecutan un tango macabro, con los ciudadanos como protagonistas involuntarios de esta danza mortal.
En días de lluvia, el panorama se oscurece aún más. Automovilistas y camioneros, como actores desesperados, realizan maniobras al borde del abismo. ¿Qué esperan las autoridades? ¿Acaso están aguardando que algún vecino sufra un accidente para actuar?
No podemos pasar por alto los caballos que aparecen como fantasmas, generando situaciones y accidentes que, hasta ahora, por suerte, no han cobrado víctimas fatales.
La irresponsabilidad y la desidia son componentes permanentes de este drama cotidiano. ¿Hasta cuándo seguiremos dependiendo únicamente de la suerte?
Los ciudadanos están en peligro constante, mientras las autoridades parecen mantener una indiferencia crónica, desviando la mirada de la tragedia inminente. No queremos llorar la pérdida de otro vecino en un choque con los camiones que circulan por allí. No queremos que más vidas se pierdan en accidentes con animales, sorpresivos y devastadores.
La responsabilidad por lo que está sucediendo recae en aquellos que tienen el poder de cambiar esta melodía sombría. Mientras tanto, la Ruta 1001 continúa su baile macabro, y nosotros, los ciudadanos, afinamos nuestros sentidos, preguntándonos: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo permitiremos que esta tragedia siga cobrando vidas inocentes?

