El adiós de Pachanga Unidos para Agustín

Interés General Locales

Andabas con la pizarra debajo del brazo, un fibrón y la cara contenta. Con un «vamos muchachos» a varios nos ponias de nuevo los pies bien en la tierra. Dibujabas formaciones, pero para vos, nosotros siempre éramos ganadores. Se paraba el partido, y antes de terminar, hacías el gol que a todos nos cicatrizaba el alma. Te abrazábamos en ronda, y los contrincantes eran ahora del mismo equipo, de repente, todas las camisetas se convertian de un mismo color y lo unico que se oían eran aplausos.

Nuestro querido DT.  Siempre en el despido queda tanto por decir. El anhelo de lo que todavía podíamos vivir, de los partidos, tus goles y los abrazos que quedaban por darse. Los asados, las canciones por cantar, tus karaokes de Rodrigo, tus shows. Cuanta alegría nos diste. Cuanta.

Ante semejante dolor no hay otra posibilidad que aferrarse al recuerdo. Y ni siquiera con eso alcanza, para paliar una pérdida. Es tan tajante y profunda la tristeza de pensar en todas las oportunidades que ahora son un imposible, que no queda otra alternativa que dejar que el dolor nos habite, dejar al dolor atravesar cada minúscula parte de la carne, y toda la inmensidad del espíritu, que a su vez nos conecta, para poder aprender a dejar ir. La ausencia de quien tanto amamos nos condena a vivir a su lado casi en otra dimensión. Ya no seremos los mismos, no. La transformación es entonces obligatoria. La ausencia de alguien repercute en cada uno de los humanos del mundo. Es un pedazo de continente que ahora permanecerá eternamente de otro modo. Estará, siempre estará, pero de otro modo. Y vos siempre vas a estar, DT. En el banco de suplentes del corazón a varios nos vas a dirigir el amor. Con lo que diste alcanza demasiado para darse cuenta que la vida es eso: sonreir, amar y acompañar.

Marcha despacito, riendo, a tu hermoso modo, que acá te quedas para siempre.

Tu equipo te ama