El Diario de San Pedro | Noticias locales y regionales

Ciclo de conferencias “San Martín Online” organizado por el Museo Histórico Regional Fray José María Bottaro

Interés General Locales

En el primer encuentro indagamos acerca de la vida de uno de nuestros prohombres que se entregó por completo a la noble causa de la libertad de América.

José Francisco de San Martín, es el prócer más reconocido de América, y su hacer trasciende los límites del continente. ¿Pero fue San Martín, solamente, un eximio militar? Sí, lo fue, y lo veremos en su trayectoria militar, inigualable, pero José de San Martín nos dejó mucho más que su arrojada acción militar, que desglosaremos en el próximo encuentro.

San Martín nace en 1778, época de cambios profundísimos en el mundo, y en nuestra América. Para esos años, se producía en Gran Bretaña la Revolución Industrial, que daba vuelta el mundo en cuanto a la producción de riquezas; no más parasitarios nobles con extensos latifundios, con siervos sojuzgados, hambrientos, trabajando esas tierras, ahora los cambios generaban fábricas, y los otrora campesinos fluían a las ciudades, transformándose en proletarios que producían mercancías que debían consumirse para sustentar la rueda del bienestar de las naciones; era necesario, también, controlar el comercio exterior con puertos que aceptaran estas mercancías. Adam Smith, precisamente en 1778, publicaba “La riqueza de las naciones”, donde sustentaba que la libertad de acción de cada uno de los integrantes de una sociedad permitiría libremente generar riqueza, sin controles y eso redundaría en la riqueza de las naciones. No más controles, no más monopolios.

También se agitaban nuevas ideas y filósofos, como Locke, Montesquieu, Voltaire y Rousseau, aventuraban una nueva sociedad en la cual las monarquías, cuyo poder privilegiado estaba sustentado por el supuesto poder descendente de Dios, sufrirían severas consecuencias. Estos pensadores decían, por lo contrario, que el poder era ascendente, provenía del pueblo, y arriesgaban la idea de un contrato social entre gobernantes y gobernados, por el cual si el gobernante no respetaba la voluntad popular, ese poder, volvía al pueblo.

Éstas y muchas interesantes nuevas teorías bullían en los centros de poder, y culminan con hechos que aún hoy, en el siglo XXI, son sustento de ordenamientos sociales. La independencia de los Estados Unidos de América, acaecida en 1776, y la Gran Revolución Francesa de 1789 fueron la eclosión de este nuevo contexto en el que nuestro querido José Francisco se asomaba al mundo.

Pero él tenía otra connotación no menor, había nacido en Yapeyú, era netamente americano, tierra adentro; si bien su familia era española, su nana fue guaraní, y de ella aprendió a amar su tierra y esa lengua vernácula que nunca olvidó. Yapeyú había sido una próspera misión jesuítica a orillas del Río Uruguay, que se extendía por territorios de nuestro país, Brasil y Uruguay, y era contención de los avances portugueses en la Cuenca del Plata, varias veces incendiada por los crueles bandeirantes. Su padre Juan de San Martín, español de pura cepa, fue destinado allí y formó su familia, siendo José el hijo menor.

Cabello oscuro, ojos vivaces, piel aceitunada, altura elevada conformaban su apariencia física. Callado, culto y asiduo lector, viajaba, en sus derroteros, con su biblioteca, valorando la importancia del saber en los pueblos, que lo entendía como único medio para garantizar la libertad, de aguda ironía, amante de las disciplinas exactas. Explorador de textos clásicos, afable, desinteresado al extremo, siempre desprendiéndose sin egoísmo, muy humano ante el dolor y la desgracia ajena que la guerra imponía. Su epistolario, muchísimo, nos deja estas cualidades, que no son para nada exageradas.

Desprendimiento, qué más decir ante sus renuncias; desde dejar España cuando su acción era ascendente, recibiendo condecoraciones, después de 22 años de servicios para llegar a América, al todo por hacerse. Su desprendimiento en Guayaquil, dejando al gran Bolívar la terminación de la guerra. Su partida dejando a Remedios y a la niña Mercedes para entregar su vida a la guerra por la independencia. Su renuncia a ser el Director Supremo en Chile. Sus desistes a sueldos, regalos y honores.

Creador de bibliotecas, en Mendoza, en Santiago y en Lima.

Dedicado a la sanidad de la población impulsando el hospital para mujeres, en Mendoza, y campaña de vacunación contra la viruela. Se ocupa allí de las acequias, de la urbanización de la ciudad e impulsa la industria vitivinícola en todo Cuyo.
Demuestra fortaleza ante las órdenes egoístas del gobierno de Buenos Aires, de apresar a su amigo Manuel Belgrano por las derrotas infligidas en 1813.

Su fortaleza a negarse a participar en la guerra civil entre unitarios y federales.

Su humanidad ante las dolientes víctimas de la guerra.

Su saber en estrategia militar.

Su participación, como político en el recambio del Triunvirato, en 1812, apenas llegado.

La historia está escrita por hombres y es casi imposible escindirla de la ideología, y así nuestro gran hombre queda inmortalizado en un mármol, en una imagen ecuestre maravillosa, por cierto, con un trasfondo andino, subrayando solamente su gran proeza, el cruce de los Andes y olvidándose de marcar su completo accionar, demostrado en su trayectoria, como por ejemplo durante sus dos años de gobierno en Cuyo.

José de San Martín se formó en España, en Murcia, y recibió allí una completa educación, hablaba perfectamente el francés, el inglés, leía el latín y sus lecturas iban desde “El Quijote de la Mancha”, hasta “Vidas Paralelas “de Plutarco, antiguos clásicos griegos y romanos, y por supuesto toda la literatura que circulaba en Europa por aquellos días de guerras, revoluciones y conflictos.

Sabemos que ya a los 11 años entra en combate en las interminables guerras coloniales de España en el norte de África. Ya a los 13 años, en Orán, Argelia, tiene una destacada acción militar en donde se le valora su bravura, arrojo, valentía y temerario accionar. No es menor este relato, ya que nos habla de un temple excepcional para la guerra. En el ejército español, entra en contacto estrecho con las ideas liberales que José compartirá y traerá a América, ya que los Españoles, ante la influencia de la Revolución Francesa, se debatían entre la fidelidad hacia la monarquías o la apertura a las ideas de libertad, igualdad, fraternidad. Nuestro José se curtía en acciones militares en los Pirineos, entablándose contra los ejércitos franceses de la revolución con tácticas de las grandes academias de guerra de Europa como también de las guerrillas internas que explotaban en cada paso de la España.

Siguiendo, el devenir de las guerras de Europa, de España, ese caudal de ideas libertarias se cierra en las logias, centro de confabulaciones, donde los americanos desperdigados por Europa se encontraban. Cádiz, 1811, es la cuna de estos alocados deseos: volver a la América y liberarla del anquilosado poder español; Francisco de Miranda, Simón Bolivar, Simón Rodríguez Mariscal Sucre, Andrés Bello, Francisco Nariño y muchos, muchos más proyectan la liberación de América.

José agudiza sus contactos políticos y resuelve regresar a su tierra, y acá hace gala de su astucia. Como político, logra formar una logia en Buenos Aires en donde soñará con dos ideales: Independencia y Constitución.

Impulsa sus ideas junto con Bernardo de Monteagudo, Manuel Belgrano y los primeros revolucionarios, logtrando la histórica Asamblea del Año XIII que aseguró los derechos de un pueblo libre, pero no se logró la ansiada Independencia. Las disensiones con el partido de su antiguo amigo, Carlos María de Alvear, postergan este hito hasta 1816, en el gran congreso tucumano, pero la constitución sigue postergándose.

José también encuentra detractores entre los hombres de Buenos Aires, como Rivadavia, que interponen otros intereses y hacen que su acción aún crezca más; aquellos escollos fueron innumerables para la formación del ejército de los Andes, tal vez por eso ese doloroso ostracismo europeo, que será tema para otro encuentro.

Prof. Rosalía Lenguitti

En el primer encuentro indagamos acerca de la vida de uno de nuestros prohombres que se entregó por completo a la noble causa de la libertad de América.

José Francisco de San Martín, es el prócer más reconocido de América, y su hacer trasciende los límites del continente. ¿Pero fue San Martín, solamente, un eximio militar? Sí, lo fue, y lo veremos en su trayectoria militar, inigualable, pero José de San Martín nos dejó mucho más que su arrojada acción militar, que desglosaremos en el próximo encuentro.

San Martín nace en 1778, época de cambios profundísimos en el mundo, y en nuestra América. Para esos años, se producía en Gran Bretaña la Revolución Industrial, que daba vuelta el mundo en cuanto a la producción de riquezas; no más parasitarios nobles con extensos latifundios, con siervos sojuzgados, hambrientos, trabajando esas tierras, ahora los cambios generaban fábricas, y los otrora campesinos fluían a las ciudades, transformándose en proletarios que producían mercancías que debían consumirse para sustentar la rueda del bienestar de las naciones; era necesario, también, controlar el comercio exterior con puertos que aceptaran estas mercancías. Adam Smith, precisamente en 1778, publicaba “La riqueza de las naciones”, donde sustentaba que la libertad de acción de cada uno de los integrantes de una sociedad permitiría libremente generar riqueza, sin controles y eso redundaría en la riqueza de las naciones. No más controles, no más monopolios.

También se agitaban nuevas ideas y filósofos, como Locke, Montesquieu, Voltaire y Rousseau, aventuraban una nueva sociedad en la cual las monarquías, cuyo poder privilegiado estaba sustentado por el supuesto poder descendente de Dios, sufrirían severas consecuencias. Estos pensadores decían, por lo contrario, que el poder era ascendente, provenía del pueblo, y arriesgaban la idea de un contrato social entre gobernantes y gobernados, por el cual si el gobernante no respetaba la voluntad popular, ese poder, volvía al pueblo.

Éstas y muchas interesantes nuevas teorías bullían en los centros de poder, y culminan con hechos que aún hoy, en el siglo XXI, son sustento de ordenamientos sociales. La independencia de los Estados Unidos de América, acaecida en 1776, y la Gran Revolución Francesa de 1789 fueron la eclosión de este nuevo contexto en el que nuestro querido José Francisco se asomaba al mundo.

Pero él tenía otra connotación no menor, había nacido en Yapeyú, era netamente americano, tierra adentro; si bien su familia era española, su nana fue guaraní, y de ella aprendió a amar su tierra y esa lengua vernácula que nunca olvidó. Yapeyú había sido una próspera misión jesuítica a orillas del Río Uruguay, que se extendía por territorios de nuestro país, Brasil y Uruguay, y era contención de los avances portugueses en la Cuenca del Plata, varias veces incendiada por los crueles bandeirantes. Su padre Juan de San Martín, español de pura cepa, fue destinado allí y formó su familia, siendo José el hijo menor.

Cabello oscuro, ojos vivaces, piel aceitunada, altura elevada conformaban su apariencia física. Callado, culto y asiduo lector, viajaba, en sus derroteros, con su biblioteca, valorando la importancia del saber en los pueblos, que lo entendía como único medio para garantizar la libertad, de aguda ironía, amante de las disciplinas exactas. Explorador de textos clásicos, afable, desinteresado al extremo, siempre desprendiéndose sin egoísmo, muy humano ante el dolor y la desgracia ajena que la guerra imponía. Su epistolario, muchísimo, nos deja estas cualidades, que no son para nada exageradas.

Desprendimiento, qué más decir ante sus renuncias; desde dejar España cuando su acción era ascendente, recibiendo condecoraciones, después de 22 años de servicios para llegar a América, al todo por hacerse. Su desprendimiento en Guayaquil, dejando al gran Bolívar la terminación de la guerra. Su partida dejando a Remedios y a la niña Mercedes para entregar su vida a la guerra por la independencia. Su renuncia a ser el Director Supremo en Chile. Sus desistes a sueldos, regalos y honores.

Creador de bibliotecas, en Mendoza, en Santiago y en Lima.

Dedicado a la sanidad de la población impulsando el hospital para mujeres, en Mendoza, y campaña de vacunación contra la viruela. Se ocupa allí de las acequias, de la urbanización de la ciudad e impulsa la industria vitivinícola en todo Cuyo.
Demuestra fortaleza ante las órdenes egoístas del gobierno de Buenos Aires, de apresar a su amigo Manuel Belgrano por las derrotas infligidas en 1813.

Su fortaleza a negarse a participar en la guerra civil entre unitarios y federales.

Su humanidad ante las dolientes víctimas de la guerra.

Su saber en estrategia militar.

Su participación, como político en el recambio del Triunvirato, en 1812, apenas llegado.

La historia está escrita por hombres y es casi imposible escindirla de la ideología, y así nuestro gran hombre queda inmortalizado en un mármol, en una imagen ecuestre maravillosa, por cierto, con un trasfondo andino, subrayando solamente su gran proeza, el cruce de los Andes y olvidándose de marcar su completo accionar, demostrado en su trayectoria, como por ejemplo durante sus dos años de gobierno en Cuyo.

José de San Martín se formó en España, en Murcia, y recibió allí una completa educación, hablaba perfectamente el francés, el inglés, leía el latín y sus lecturas iban desde “El Quijote de la Mancha”, hasta “Vidas Paralelas “de Plutarco, antiguos clásicos griegos y romanos, y por supuesto toda la literatura que circulaba en Europa por aquellos días de guerras, revoluciones y conflictos.

Sabemos que ya a los 11 años entra en combate en las interminables guerras coloniales de España en el norte de África. Ya a los 13 años, en Orán, Argelia, tiene una destacada acción militar en donde se le valora su bravura, arrojo, valentía y temerario accionar. No es menor este relato, ya que nos habla de un temple excepcional para la guerra. En el ejército español, entra en contacto estrecho con las ideas liberales que José compartirá y traerá a América, ya que los Españoles, ante la influencia de la Revolución Francesa, se debatían entre la fidelidad hacia la monarquías o la apertura a las ideas de libertad, igualdad, fraternidad. Nuestro José se curtía en acciones militares en los Pirineos, entablándose contra los ejércitos franceses de la revolución con tácticas de las grandes academias de guerra de Europa como también de las guerrillas internas que explotaban en cada paso de la España.

Siguiendo, el devenir de las guerras de Europa, de España, ese caudal de ideas libertarias se cierra en las logias, centro de confabulaciones, donde los americanos desperdigados por Europa se encontraban. Cádiz, 1811, es la cuna de estos alocados deseos: volver a la América y liberarla del anquilosado poder español; Francisco de Miranda, Simón Bolivar, Simón Rodríguez Mariscal Sucre, Andrés Bello, Francisco Nariño y muchos, muchos más proyectan la liberación de América.

José agudiza sus contactos políticos y resuelve regresar a su tierra, y acá hace gala de su astucia. Como político, logra formar una logia en Buenos Aires en donde soñará con dos ideales: Independencia y Constitución.

Impulsa sus ideas junto con Bernardo de Monteagudo, Manuel Belgrano y los primeros revolucionarios, logrando la histórica Asamblea del Año XIII que aseguró los derechos de un pueblo libre, pero no se logró la ansiada Independencia. Las disensiones con el partido de su antiguo amigo, Carlos María de Alvear, postergan este hito hasta 1816, en el gran congreso tucumano, pero la constitución sigue postergándose.

José también encuentra detractores entre los hombres de Buenos Aires, como Rivadavia, que interponen otros intereses y hacen que su acción aún crezca más; aquellos escollos fueron innumerables para la formación del ejército de los Andes, tal vez por eso ese doloroso ostracismo europeo, que será tema para otro encuentro.

Prof. Rosalía Lenguitti

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