En la madrugada de este miércoles ocurrió un nuevo hecho de inseguridad en la zona rural y, nuevamente, en el campo de la familia Gomila donde fue asesinado su propietario Ariel Gomila, el 6 de febrero de 2016. Sobre esto, a través de las redes sociales, Juan Manuel Gomila envió un comunicado y, además, una carta como tributo a lo sucedido.
«UNA VEZ MÁS… el día de ayer, cuando pensamos que ya comenzaba a sanar el dolor de olvidar toda una historia de vida y aceptar que la violencia, la delincuencia, la inseguridad y la inacción policial, judicial y política nos obligaba a abandonar nuestro lugar en el campo y convertir todo aquello en una olvidada tapera, escribí unas líneas tratando de atesorar lo bueno, lo sano, los hermosos años vividos allí.
Pero recibí en la madrugada un nuevo llamado, como el de aquel trágico 6 de febrero donde la voz de mi abuela daba indicios que lo peor había pasado. Del Comando Rural me dan aviso que han violentado la casa y, les aclaro que ya hemos perdido la cuenta de las anteriores violaciones a la propiedad y al recuerdo, y han robado parte de lo poco que habíamos dejado para realizar el último viaje de mudanza hacia el pueblo. Imaginen ustedes, décadas que deben ser trasplantadas en días, pues esto es peor que en la guerra, no existe la tregua.
La Patrulla había pasado por la quinta 30 minutos antes de recibir un llamado denunciando haber visto en el lugar una camioneta blanca sospechosa, cuando retornan allí encuentran el hecho consumado y comprobamos vía telefónica los faltantes. La comunicación se interrumpe porque los patrulleros comienzan la persecución a una camioneta blanca que a las 2.00 am estaba transitando los callejones de la zona; paran al vehículo, el mismo que reunía las características de lo denunciado por un anónimo, solicitan papeles, los cuales estaban en regla (convengamos que hay mucho ladrón de auto importando y por ende tener una VTV al día no santifica a quien conduce). Pues la persona muy tranquilamente contestó que había salido a realizar unos mandados, entre ellos comprar pan.
Los efectivos rurales, a los cuales mi familia les agradece los servicios prestados, no pudieron retener ni al vehículo ni al conductor considerando que parte de las cosas habían sido descargadas en distintos lugares para convertir esa camioneta delincuente en un recurso para ir a comprar pan en la madrugada en un camino rural vecinal. Queridos amigos, estamos al borde de la jungla, de la locura también, pues nada está a favor de la honradez si no, de quien hace de lo ajeno lo propio.
Lamento que las fuerzas policiales, que esta oportunidad merecen mi reconocimiento, tengan las manos atadas para accionar, para realizar allanamientos, averiguación de antecedentes. Lamento que nos silencien la voz, nos hieran el corazón y nos roben el fruto del trabajo».
Como tributo a su abuelo, Juan Manuel Gomila envió la siguiente carta siendo que el próximo 6 de febrero se cumplirán 2 años del crimen, aún impune, de Ariel Lido Gomila. Por el honor y la memoria.
«EL MOLINO DE LOS ABUELOS
Las aspas del molino de los abuelos siguen girando como el primer día. Parecen no entender que todo aquello pronto será un recuerdo. Hermoso, por cierto, pero recuerdo al fin.
Parecen estar enceguecidas y no comprender que lo que hasta ayer estuvo en movimiento hoy debe, pausadamente, comenzar a detenerse.
También las aves parecen elevar un canto de plegaria al cielo y alegrar con sus melodías el alma triste de los que nos sabemos impotentes.
Los motores hace rato ya no se oyen, al igual que el aleteo de las gallinetas en la higuera al buscar sitio para pasar noche.
Todo parece estar quieto, pero está más vivo que nunca jamás. Es una muerte viva la del corazón y los recuerdos. Es un resonar de infancia y juventud.
Ese final, el que uno nunca espera, pero para el que siempre se prepara, comienza a tocarnos la espalda y con dulzura, decirnos que es tiempo de ya no más.
Hace más de 50 años nuestros abuelos fundaron un hogar rural y lo inundaron de trabajo, de frutales, de verde, de semillas, de animales, de amigos, de honestidad…
Ese molino, con su incansable movimiento los representa, los recuerda y les tributa reconocimiento. Hoy somos sus nietos quienes inundamos nuestros corazones de plenitud, de feliz nostalgia y de sano orgullo por haber disfrutado junto a ellos de ese hábitat maravilloso que supieron construir.
También nos inunda la tristeza porque nos toca la difícil tarea de cerrar la tranquera y dejar allí dentro una hermosa historia de vida que, quiera Dios, en otro momento cercano podamos seguir escribiendo.
No nos resignamos a la imposibilidad de elegir disfrutar de la libertad plena del «vivir en el campo». No nos resignamos a qué la inseguridad, la delincuencia y el abandono político borren los rastros de la sublime hermandad de la tierra y el hombre.
Hasta siempre y hasta pronto querido molino».
Juan Manuel Gomila – San Pedro – Pcia. de Buenos Aires


